Recientemente hemos asistido, en el aeropuerto de Loiu, a un espectáculo ante el que era sobremanera difícil poder dar crédito a lo que se mostraba ante nuestros ojos.
La escena resultaba tan inverosímil que llevaba un buen rato el proceso cognitivo de lo que acontecía.
Un puñado de personas que acababan de acceder al pabellón de llegadas procedentes de la zona de recogida de equipajes y control de documentación, era apaleado por un nutrido grupo de ertzaintzas con saña, y denodado empeño y contumacia. Sucedía ante la perplejidad de multitud de turistas, ciudadanos que estaban esperando a sus familiares y otros grupos de personas que se habían desplazado al aeropuerto para recibir la llegada de los apaleados.
La escena resultaba grotesca e inverosímil. La alegría de quienes acababan de bajar del avión junto a la de quienes habían ido a recibirlos se ahogó, sin motivo alguno -según numerosos testigos presentes-, en un apaleamiento a discreción impensable en ningún estado de derecho.
Lo que se veía, además, extraña y sorprendentemente, nos traía a la memoria otras escenas similares que ya habíamos visto antes: soldados israelíes (también uniformados) golpeando de manera infame a ciudadanos desarmados, mujeres, ancianos, niños, en cualquier lugar de Gaza o de Cisjordania.
Las personas apaleadas no eran hooligans descerebrados que venían a animar a algún equipo de fútbol de “alto riesgo”, y que decidieron, de repente, en el mismo aeropuerto, dar comienzo a su actividad paradeportiva.
No. Eran personas normales, vecinos nuestros. Eran personas que venían de intentar ayudar a otras personas, llevando alimentos y cámaras para que el resto del mundo que aún conserva un poco de vergüenza, pueda ser consciente de una realidad que alguien no quiere que se conozca. Y para que, en lo posible, deje de apoyar al estado de Israel en su proyecto genocida. Al menos, no mirando siempre para otro lado.
Las personas apaleadas son gente buena. Personas que venían de buscar un poco de paz para los palestinos de Gaza, al precio de humillaciones y torturas; exhibidas por sus secuestradores con el descaro cretino de su impunidad. Sin duda son lo mejor de nuestra sociedad. Y ¿cómo son recibidos? Lo son con porras y con un ensañamiento incomprensible por gratuito, absolutamente indebido, y premeditado.
¿Qué ordenes recibe la Ertzaintza cuando se trata de dejar claro que, en Bilbo, los defensores de los Derechos Humanos no son bien recibidos cuando regresan a su propia casa? ¿Quién adiestra a esta policía incompetente, indigna, impresentable…? ¿Expertos israelís?
Ante quién quiere “quedar bien” un Consejero de Interior capaz de consentir y, o, alentar un comportamiento tan indigno y miserable para con quienes sólo merecen nuestro abrazo y agradecimiento. ¿Alguna, o, algunas empresas israelís a las que no desea incomodar?
Consejero: Dimisión.
EZKERRA-BERDEAK 26/5/26











senti vergüenza ajena,es inasumible esa innecesaria violencia