Sars-CoV-2, huésped e invasor

Abstract

A través del inquietante paralelismo entre el VIH y el SARS-CoV-2, muestro cómo la historia no sólo puede repetirse sino empeorar.

El estigma, la invisibilización, las narrativas sociales y la falta de prevención estructural en la comprensión pública de esta nueva enfermedad, CoVID-19, han bloqueado el reconocimiento de la cruda realidad.

Este “Caballo de Troya celular”, el SARS-CoV-2, exige una respuesta sanitaria, social y política proporcional a su gravedad.

1. Introducción

Durante años, la medicina ha diferenciado entre infecciones agudas y crónicas. El SARS-CoV-2 ha desdibujado esa frontera, mostrando que el virus  puede permanecer en el organismo y alterar de manera sostenida la inmunidad¹⁻⁴.

Las personas con Long CoVID experimentamos astenia incapacitante, afectación mental, disautonomía, dolor severo, alteraciones metabólicas y un largo etcétera de síntomas.La vida diaria se reorganiza en torno a la enfermedad, y tareas simples se vuelven impredecibles.

2. Mecanismos inmunológicos y persistencia viral

2.1 Persistencia en reservorios tisulares

El SARS-CoV-2 puede permanecer en tejidos como intestino, cerebro, pulmones, bazo y ganglios linfáticos¹². Estos reservorios actúan como fuentes de estimulación inmunitaria crónica, promoviendo inflamación sistémica y disfunción linfocitaria.

2.2 Alteraciones linfocitarias

Se ha documentado reducción de linfocitos CD4+ y CD8+, con agotamiento celular y expresión de marcadores como PD-1 y TIM-³⁻⁷. Esto genera un sistema inmune hiperactivado pero ineficaz, incapaz de eliminar completamente el virus y susceptible a reactivaciones virales, como Epstein-Barr⁸.

2.3 Comparación molecular con VIH

Tanto el SARS-CoV-2 como el VIH presentan estrategias para evadir la inmunidad. La proteína ORF3a del SARS-CoV-2 y la proteína Vpu del VIH-1 inhiben la vía STING–NF-κB, bloqueando respuestas antivirales esenciales⁹. Esta analogía está llevando a algunos/as expertos/as a referirse a la Long CoVID como “Airborne AIDS” o “CoV-AIDS”¹⁰⁻¹¹.

3. Consecuencias sistémicas

La disfunción inmunitaria y la persistencia viral se relacionan con:

Hipoperfusión cerebral y síntomas neurológicos: ralentización de la velocidad de procesamiento , dificultad de concentración¹².

Disautonomía y alteraciones cardiovasculares: taquicardias, intolerancia ortostática.

Microcoagulación y disfunción mitocondrial: agotamiento energético extremo ¹³⁻¹⁵.

Estas alteraciones no sólo afectan la salud física, sino también la vida social, laboral y familiar, obligando a las personas a reestructurar nuestro día a día y a enfrentarnos a la incomprensión social y médica.

4.Perspectiva humana y social

El paralelismo con el VIH no es casual: ambos virus generan estigma, invisibilidad y lucha por reconocimiento.

Durante los primeros años del SIDA , las personas que revelaron su enfermedad lo hicieron generalmente en fases avanzadas, cuando el deterioro físico era severo y la muerte inminente, como Rock Hudson, Freddie Mercury, Anthony Perkins, Tom Fogerty, Magic Johnson (este último en fase controlada con tratamiento, pero pocos ejemplos de “portadoras sanas” fueron visibles públicamente). El resto de personas portadoras del VIH, que podían vivir con el virus sin desarrollar SIDA gracias a la terapia antirretroviral, generalmente no salió públicamente por estigma, invisibilidad social y miedo a la discriminación. Hoy en día, el estigma sigue vigente y muchos portadores del VIH no revelan su situación. Este fenómeno se describe como “salir del armario vírico”: un acto cargado de riesgo social, que en su mayoría sólo se observa cuando la enfermedad ya se manifiesta con gravedad.

En la Long CoVID, aunque aún no se conocen completamente los ritmos de progresión o daño, vivir con el virus implica automáticamente una enfermedad crónica en quienes desarrollan reservorios y síntomas sin final. La exposición aérea universal hace que el riesgo sea colectivo, y la sociedad debe asumir que proteger la salud implica cambios de paradigmas: prevención del contagio, limpieza del aire y medidas colectivas, no sólo individuales dado que la exposición aérea es un riesgo compartido que impacta la salud de todas y todos aunque la sociedad no lo quiera relacionar.

El activismo sigue siendo mayoritariamente anónimo, pero existe, y refleja la necesidad de visibilidad, investigación y reconocimiento institucional, al igual que ocurrió con el VIH.

5. La dificultad colectiva para asumir la realidad de un virus persistente

Aceptar que existe un virus aéreo capaz de generar una enfermedad infecciosa crónica  —Long CoVID— supone un desafío psicológico y social profundo.

El SARS-CoV-2,no es un riesgo puntual ya superado, sino un coronavirus neurotrópico, vascular e inmunomodulador que continúa circulando y afectando a la población. Para muchos, reconocer este riesgo implica confrontar un trauma colectivo: confinamientos, rupturas de rutina, miedo a la muerte y sensación de desprotección frente al aire.

Para una gran parte de la sociedad, volver a reconocer el riesgo supone reabrir una herida. De ahí que aparezcan mecanismos psicológicos de negación colectiva:

1. Narrativa antivacunas, que atribuye los daños exclusivamente a la vacunación sin matices.

2. Narrativa negacionista, que insiste en que el virus ya no es peligroso y que los problemas de salud actuales son inevitables o irrelevantes, “son parte de la vida” y las muertes repentinas abundantes sólo obedecen a la existencia de las redes sociales que informan masivamente.

Ambas narrativas evitan mirar de frente la realidad viral, diluyen la responsabilidad institucional y oscurecen el hecho científicamente documentado de que el daño procede tanto del virus como, en algunos casos, de las herramientas mal gestionadas durante la pandemia oficial.

El SARS-CoV-2 sigue enfermando, sigue matando, y sigue produciendo discapacidad crónica y afectando colectivamente.  La consecuencia es que millones de personas enfermas viven en silencio, sin reconocimiento, sosteniendo un coste personal, sanitario y social que podría mitigarse si las instituciones, la medicina pública y la población asumieran la evidencia y actuaran en consecuencia.

Al contrario que con el VIH, donde sólo algunos grupos estaban en riesgo y el impacto mediático se centró en figuras terminales, la Long CoVID afecta a todos y todas, y su reconocimiento social aún está difuso. Esto hace que las campañas de sensibilización y concienciación sean imperativas ya que la población general debe asumir consecuencias invisibles que antes no percibía.

6.Sars-CoV-2,un Caballo de Troya celular.

Una de las diferencias más profundas entre la historia del VIH y la historia del SARS-CoV‑2 se encuentra en lo que ocurre después de la infección. En el VIH, todas las personas desarrollan reservorios virales, pero sólo una parte progresa hacia el SIDA. Y, con los tratamientos antirretrovirales modernos, esa progresión puede evitarse: el virus se mantiene controlado y la persona vive sin llegar a desarrollar la enfermedad devastadora. Hoy, ser “persona portadora del VIH” no es sinónimo de vivir enferma; es convivir con un virus neutralizado antes de que destruya el sistema inmunitario.

Con el SARS‑CoV‑2, el escenario es distinto. No todas las personas infectadas generan reservorios tisulares, pero quienes los desarrollamos sí enfermamos crónicamente. Aquí, reservorio y enfermedad van unidos. No existe —todavía— la posibilidad de “ser portadora sin enfermar”, porque el virus (o sus proteínas, o su ARN) continúa desencadenando inflamación, disfunción inmunológica, daño endotelial, alteraciones metabólicas y secuelas multisistémicas.

En nuestro caso, las personas enfermas de Long CoVID, virus persistente equivale a enfermedad  crónica y lesiones permanentes.

Es un Caballo de Troya biológico: cuando el virus consigue permanecer dentro, ya no es un huésped sigiloso. Se queda como un invasor escondido que nunca se marcha del todo y que continúa empujando a nuestro organismo hacia un estado de estrés, vulnerabilidad e incapacidad permanentes. Y aunque algún día existan antivirales capaces de limitar su acción, de reducir la carga inflamatoria o de aumentar nuestra calidad de vida, lo que ya está hecho no puede deshacerse. La cronicidad no desaparece: se maneja, se alivia, se acompaña… pero no se borra.

Aquí radica una verdad que cuesta enfrentar:

si el virus ha dejado reservorios y ha desencadenado la enfermedad crónica , no existe un camino de regreso al estado anterior.

Podremos mejorar, claro que sí; quizás recuperar algunas funciones perdidas y reducir síntomas, encontrar tratamientos que nos permitan vivir con más dignidad y menos dolor.  Podremos levantarnos un poco más cada día. Pero no podremos volver al punto de partida. No habrá un “antes” sin consecuencia, ni una cura que limpie el pasado como si nunca hubiera ocurrido.

Esta es la herida que Long CoVID deja dentro: una presencia insidiosa que sigue hablando, un efecto que el tiempo no anula y que la medicina, por ahora, sólo puede intentar contener. Y es también la razón por la que necesitamos que el mundo comprenda que no es una fase, ni un síntoma suelto, ni una molestia que se irá sola: es una enfermedad crónica provocada por un virus al que se le permitió entrar.

Autora:

Isabelle Delgado

Paciente de Long CoVID desde 2020.

Periodista y Presidenta de Long CoVID Euskal Herria Elkartea-LCEUS

Y aún así, desde la fragilidad y la vulnerabilidad,he encontrado una forma de resistencia combativa, una manera de seguir existiendo…

Referencias

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