Opinión

Un lugar para vivir, un derecho humano

El derecho a la vivienda, entendido como un derecho humano fundamental, ha recuperado vigencia en el debate político y social, en gran medida como respuesta a la ola de desahucios, consecuencia directa del austericidio y el empobrecimiento de una parte importante de la llamada clase media, que se ve imposibilitada para hacer frente a los créditos contraídos al perder su puesto de trabajo.  Es obvio que todas las personas necesitamos un hogar en el que poder desarrollar, de un modo autónomo, nuestro proyecto de vida. Sin una vivienda digna nadie puede tener una vida digna.  Hablamos de una demanda ciudadana legítima, consagrada en la Constitución española del año 1978, que las Administraciones Públicas competentes siempre han incumplido.

En este sentido, constituye una buena noticia que PSE, Bildu y UPD hayan alcanzado un acuerdo para impulsar en Euskadi una Ley de Vivienda, que reconozca, por fin, el derecho subjetivo a un lugar en  el que poder vivir. Se trata, sin duda alguna, de un paso hacia adelante, que conecta con el espíritu del Anteproyecto de Ley de Garantía del Derecho Ciudadano a una Vivienda Digna, que Ezker Batua-Berdeak  remitió al Parlamento vasco para su aprobación en el año 2009, en su etapa en el Gobierno vasco. No fue posible, entonces, en gran medida por la negativa de las formaciones que ahora impulsan esta propuesta, que, en cualquier caso, es bienvenida. Euskadi no es ajena al drama de los desahucios y la vivienda constituye aún para muchas personas  una suerte de  privilegio inalcanzable.  

No deja de ser curiosa, en este sentido, la reacción del Gobierno vasco y la formación política que lo sustenta, denunciando el contenido de esta iniciativa, tan legítima como bien fundada, recurriendo al tópico del “efecto llamada”, tantas veces empleado por el partido Popular para descreditar, por ejemplo, la Renta General de Ingresos y la Prestación Complementaria de Viviendas. Una vez más, se recurre a un argumento tan manido como demagogo, que no es otro que el temor, que se alienta con el propósito de impedir el ejercicio de un derecho, que las Administraciones Públicas deberían intentar garantizar en lugar de rechazar, como ocurre en este caso. Ezker Batua-Berdeak consensuó con el PNV, hace ahora seis años, una propuesta legislativa de implantación progresiva, según la cual, en una primera fase,  todas las personas con ingresos anuales  inferiores a 22.000 euros, un colectivo de 8.000 hombres y mujeres en  aquel periodo, accederían a una vivienda en alquiler en el plazo máximo de cinco años. 

El objetivo no podía ser más ambicioso: hacer realidad el derecho subjetivo de todas las personas a un techo. Una opción real y viable, siempre y cuando el Ejecutivo autónomo asumiera el compromiso de construir 35.000 viviendas en alquiler protegido en diez años. La proximidad de los comicios autonómicos condenó al fracaso esta iniciativa, que hubiera prosperado si los cálculos electorales y los intereses partidistas no se hubieran impuesto sobre el interés general, dejando pasar una oportunidad que ahora puede retomarse con éxito. Ojalá sea así. Confío en que el texto pactado  pueda ver la luz  porque son muchas las personas que se beneficiarán de ello y las instituciones de Euskadi serán modelo de sensibilidad social, una seña de identidad irrenunciable, que habría de presidir todas sus actuaciones. En este sentido, el PNV debería desmarcarse del discurso del Partido Popular y buscar acuerdos para que nuestra Comunidad se sitúe en el ránking de los países más avanzados y progresistas en materia de vivienda. En Escocia se puso en marcha una iniciativa similar con resultados muy positivos.

Euskadi ha sido y debe ser un referente de progreso en un contexto de recortes de derechos y prestaciones, demostrando que se puede gobernar con conciencia, primando el bien general sobre el bien particular. Apoyar a las personas con mayores dificultades, aquellas que se encuentran en situación de mayor vulnerabilidad al carecer de una vivienda digna, es una obligación irrenunciable de quienes ejercen el poder. No hablamos de solidaridad, sino de justicia.  Las Administraciones Públicas, en Euskadi y el Estado, han respaldado a menudo la propiedad en detrimento del alquiler porque han considerado la vivienda un negocio y no un derecho. Y ésta y no otra es la razón que está en el origen de la especulación y la corrupción en el sector inmobiliario. Siendo Consejero de Vivienda y Asuntos Sociales del Gobierno vasco mi primera intención fue promover un parque público de alquiler, impidiendo que dinero público se invirtiera en pisos destinados a la propiedad, que en un plazo de veinte años fueran libres y pudieran venderse como tales a precio de mercado.  

Lo logramos y fue un gran avance en un largo camino que ahora el Parlamento vasco podría profundizar, pese a la oposición del PNV y el Partido Popular. El derecho subjetivo a una vivienda no es una demanda revolucionaria, ni mucho menos utópica o populista. Es factible y viable, como lo fueron en su día la sanidad o la educación, aunque hoy estén también en cuestión. Comparto la penalización de la vivienda vacía, estableciendo un canon que la grave, porque creo que una medida de esta naturaleza favorecería su alquiler. Fué una propuesta pionera, no bien entendida, que ahora puede y debe ser una realidad. Esta iniciativa  debería ir acompañada del  fortalecimiento del programa que pusimos en marcha ,  Bizigune, de movilización de vivienda vacía,  y que en los últimos años ha ido perdiendo fuerza y atractivo por los recortes practicados en materia de vivienda  tanto por el gobierno de López como de Urkullu.  

Deseo que pronto sea una realidad el reconocimiento del derecho subjetivo de todas las personas a una vivienda en alquiler. Ganaremos todas y todos. 

 

El centro no existe

Artículo de Opinión publicado en http://www.espacio-publico.com/

Javier Madrazo Lavín

La celebración de generales el próximo 20 de Diciembre ha contribuido, una vez más, a poner blanco sobre negro un déficit democrático en España, que evidencia la incapacidad de las formaciones políticas para presentarse ante la ciudadanía con programas reales que tengan la voluntad de cumplir y un posicionamiento ideológico firme.

Desde el mismo día en el que el presidente del Gobierno anunció la fecha de los comicios generales, los cuatros partidos políticos con mayores opciones —PP, PSOE, Ciudadanos y Podemos— se han lanzado a ocupar un mismo espacio, el centro, en la convicción de que sólo así lograrán sumar más votos y situarse como opción preferida por un mayor número de personas.

Consultores y estrategas coinciden en afirmar que las elecciones se ganan desde el centro, y puede que tengan razón. Argumentan que aproximadamente el 40 por ciento de la sociedad formaría parte de este amplio colectivo, integrado por más mujeres que hombres, con un nivel formativo medio-alto, un tramo de edad situado entre los 35 y los 55 años, y mayoritariamente con empleo, aunque no siempre estable y bien remunerado. Son personas que se sienten alejadas de las posiciones de extrema izquierda y extrema derecha, que cuando tienen que definirse, en una escala de 0 a 10, apuestan por el 5, el 4 o el 6. Concretamente, según el CIS, en este espectro ideológico estaría representado el 41 por ciento de la población.

Así se explica que el PP se defina como centro derecha, el PSOE como centro izquierda, Ciudadanos como centro-centro y Podemos esté intentando acercarse tanto al centro, que ha terminado por alejarse de sus orígenes, abandonando los círculos y el debate participativo, que tanta ilusión generaron hace ahora exactamente un año. Estas cuatros formaciones políticas, que hacen grandes esfuerzos día a día para diferenciarse unas de las otras en sus comparecencias públicas ante los medios de comunicación, después, en la práctica, modulan sus discursos para convencer a las mismas personas, empleando para ello argumentos similares, en los que sólo caben ligeros matices.

Las ideologías se alejan de los orígenes

Sin duda alguna, nos adentramos de este modo en un círculo vicioso, en el que las ideologías o mueren o se debilitan hasta perder su razón de ser. Nunca como ahora las ideas y posiciones claras y firmes han sido más necesarias. Ser de centro es legítimo, como lo es sentirse de derechas, pero ser de izquierdas y reconocerlo debería ser, además, un motivo de orgullo, máxime cuando el empobrecimiento de la ciudadanía, la privatización de servicios públicos como la educación y la sanidad, o las altas cota de desempleo desmoronan cualquier atisbo de recuperación creíble, más allá de cifras macroeconómicas sin ninguna incidencia en la vida de las personas.

Todo ello sin mencionar la corrupción o el deterioro de un sistema que se llama democrático, pero niega la voz a las minorías y se muestra incapaz de escuchar las demandas de la sociedad. La campaña electoral constituye una buena oportunidad para exigir a las formaciones políticas que actúen con honradez y transparencia. Debemos instarles a que nos cuenten la verdad y pedirles que asuman sus compromisos por escrito y públicamente. No podemos resignarnos a líderes y mensajes prefabricados, que sólo quieren arañar votos, vengan de donde vengan, para que después gobiernen como quieran y con quien quieran. El centro sólo es una metáfora para justificar decisiones que imponen el Banco Central Europeo, el Fondo Monetario Internacional y la Unión Europea de Angela Merkel. Que no nos engañen.

Podemos debería ser plenamente consciente de ello y no sumarse a una estrategia que le aleja de la nueva política, que aspiran a capitalizar, y le acerca, por el contrario, a todo aquello que habían denunciado hasta que la carrera por el poder se convirtió en su hoja de ruta prioritaria. La formación liderada por Pablo Iglesias ha dado por buenas medidas que lesionan la democracia y la participación política, como es la exclusión de Izquierda Unida de los debates electorales. Debo reconocer que me esta decisión me ha decepcionado más incluso que su presencia en la mesa convocada por el Gobierno de Mariano Rajoy para defender el llamado pacto antiterrorista contra el yihadismo, suscrito tras los terribles atentados perpetrados en París.

Es posible que esté equivocado y todo valga para ganar puntos en las encuestas y votos en las urnas; es posible también que me haya quedado anclado en el pasado y crea aún en las ideologías, aunque unos y otros se esfuercen por darlas por enterradas. No me gustan quienes se protegen bajo el paraguas del centro porque al final dan todo lo malo por bueno o, cuando menos, por necesario. Las élites políticas son las que más cómodas se sienten en este escenario. Saben que no se cuestionan los cimientos del modelo que urdieron en la transición. La campaña electoral pondrá, en evidencia, una vez más, que las ideas se supeditan a los mensajes, que éstos sólo buscan titulares, y los candidatos a presidente, todos hombres, por cierto, intentan convencernos de que en el centro está la verdad.

Sexo y fecundidad

Artículo de opinión de Honorio Cadarso.

El pasado mes de abril, el obispo de San Sebastián escribió en colaboración con la "seglar consagrada" Begoña Ruiz un libro "Sexo con alma y cuerpo" que ha dado lugar a comentarios entre humorísticos y maliciosos por parte de no pocos medios informativos.

El obispo Munilla denuncia que "los condicionamientos culturales impiden percibir la crisis en la identidad y la vivencia de la sexualidad" Añade que "la ideología de género y la revolución sexual actuales son una forma clara de manipulación y sometimiento al servicio del poder".

No resulta difícil entresacar de las páginas del libro mencionado juicios y valoraciones a tono con la moral sexual católica tradicional más rancia con respecto a la homosexualidad, la masturbación, o las preferencias de la mujer por la actividad desenfrenada o la dedicación a la limpieza.

Pero sobre todo imperan las llamadas a la castidad o abstinencia sexual y el canto apasionado a sus enormes ventajas, y la recomendación de no separar por nada de este mundo el placer sexual del amor y de la fecundidad, y de no hacer vida de pareja antes del matrimonio eclesiástico. Al mismo tiempo se echan pestes en contra de los anticonceptivos y preservativos...

Uno se pregunta si el obispo de San Sebastián es también víctima de los condicionamientos culturales de su peculiar manera de entender la religión católica, de su condición de persona atada por el compromiso del celibato que niega al que asume ante Dios tal compromiso todo: el placer sexual y la consiguiente fecundidad...

Y es que, a nivel de iglesia universal, el Papa Francisco ha puesto en marcha un debate abierto sobre estos temas en orden a poner al día la visión del sexo y la familia que más se ajusta al evangelio y al momento histórico en que vivimos. Pero uno diría que el obispo Munilla hace la guerra por su cuenta, y pasa de lo que digan en Roma...

Ya no son tiempos en que Hitler controlaba la sexualidad del Tercer Reich, no vivimos en la China que controla desde su gobierno la natalidad de las parejas chinas y su vida sexual, ni tampoco en la selva africana en que la natalidad se ha disparado y a cada mujer los hombres que la rodean le hacen hijos sin número.

Son tiempos en que las personas se sienten libres y dueñas de sí mismas, solo deudores a su propia conciencia y a los mandatos divinos que puedan sentir en su interior, por otra parte condicionados por unas condiciones económicas muy duras que les impiden formar una familia, tener un hogar, disponer de recursos para tener hijos y sacarlos adelante.

Tal vez ese es el problema fundamental para el recto uso de la sexualidad, el disponer medios para engendrar nuevos seres humanos con un futuro despejado. Pero de esto, de la falta de trabajo y de la pobreza en que viven hundidos miles de millones de jóvenes, de esto  no dice nada el obispo de San Sebastián.

Aprender a pactar

Artículo de opinióm de Javier Madrazo, publicado en Noticias Obreras Mayo 2015

“La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar”. Escribo estas palabras como homenaje a su autor, Eduardo Galeano, a quien hemos despedido recientemente, y también como punto de partida a una reflexión sobre la virtud del pacto en la política. El diálogo, la colaboración y el acuerdo entre diferentes, que son capaces de buscar puntos de encuentro pensando en el bien común, es la esencia de la vida pública, aunque en honor a la verdad hay que decir que en España esta visión es aún una utopía que hemos de perseguir.

La Constitución de 1978 planteó como gran valor la consagración del bipartidismo, obviando que una democracia es más fuerte en la medida en la que es también más plural. Es cierto que en el Estado, y también en Comunidades históricas, como Catalunya y Euskadi, ha sido necesario alcanzar pactos para conformar Ejecutivos o pactos de legislatura para sostener la acción de los gobiernos, pero es igualmente cierto que, salvo excepciones, su fin principal se ha centrado en alcanzar y detentar el poder, en lugar de dar respuesta a las demandas de la ciudadanía. Un error, sin duda alguna, que está en el origen del desafecto social respecto a los partidos y a sus dirigentes.

Conceptos manipulados como estabilidad y gobernabilidad se han utilizado para legitimar un modo de entender la política, basada en el reparto de cargos y prebendas, obviando el interés general. El pacto ha sido siempre interpretado como una obligación impuesta por las circunstancias( pérdida de mayoría absoluta) y nunca como una como una oportunidad para promover marcos de entendimiento, que permitan impulsar acciones compartidas y estimular así la interacción entre sensibilidades diversas y apostar por personas más comprometidas, más participativas y más protagonistas de la vida democrática. Tenemos que aprender a hablar, a escuchar, a comprendernos, a dar voz a la ciudadanía y a confiar en la palabra dada.

La búsqueda de la unanimidad y uniformidad de criterio nos aleja del ideal de libertad y del reconocimiento de la pluralidad. Es imprescindible el diálogo entre diferentes, que son capaces de suscribir compromisos, manteniendo sus ideas y su identidad. La presencia de nuevas formaciones en el escenario político y la superación del bipartidismo traerán consigo la necesidad de alcanzar acuerdos, y éste es un hecho positivo en sí mismo, especialmente en un contexto marcado por una mayor exigencia de eficacia y transparencia. No es momento para negociar en la trastienda, ni para sellar pactos ajenos a la voluntad de la ciudadanía.

La clave está en la defensa del “programa, programa, programa”, que con tanta coherencia como acierto defendía Julio Anguita en sus tiempos de coordinador de

Izquierda Unida. Vivimos un año marcado por sucesivas citas electorales, que evidencian que las mayorías absolutas pertenecen al pasado. Quienes han hecho de la política su profesión no tendrán espacio en esta nueva etapa porque las reglas de juego habrán de ser establecidas por fuerza distintas. La sociedad exige acuerdos, pero sobre todo exige respeto a las promesas hechas en campaña y responsabilidad para resolver los problemas que nos afectan y nos impiden vivir con dignidad.

Proteger a los pobres

Artículo de opinión de Javier Madrazo publicado en el CORREO, marzo 2015.

“No llevar el pan a casa nos roba la dignidad”. Estas palabras, pronunciadas por el Papa Francisco, en un encuentro celebrado con trabajadores y pequeños empresarios en la región italiana de Molise, situada entre los Apeninos y el mar Adriático, no desvela ningún secreto porque todas las personas somos conscientes de esta realidad, pero si contribuye a poner el dedo en la llaga de una gran verdad, que en muchas ocasiones olvidamos. La reflexión del Papa no ha tenido el mismo eco que han merecido otras declaraciones suyas, aunque, en este caso, sí merecen atención especial porque cuestionan de lleno el modelo de desarrollo actual, que está en el origen de la desigualdad y el empobrecimiento de una parte importante de la población.

Vivimos un año marcado por sucesivos procesos electorales, que nos brindan la oportunidad de conocer los programas de las diferentes opciones políticas. El empleo está en el centro de todas las propuestas, pero ninguna de ellas es percibida como sincera por la ciudadanía. Son muchas las personas, especialmente jóvenes y mayores de 45 años, afectadas por el drama del desempleo, que han perdido toda esperanza de encontrar un trabajo en el corto o medio plazo. Hablamos de más de cinco millones de hombre y mujeres en España, prácticamente la mitad inscrita en el paro desde hace más de dos años. La situación empeora si tenemos en cuenta que sólo una de cada tres personas de este colectivo percibe una prestación social por desempleo.

Me consta que no es fácil abordar un fenómeno complejo de tal magnitud y menos aún solucionarlo. Sin embargo, creo que si hubiera voluntad y compromiso por parte de quienes tienen la competencia si sería posible implementar políticas e impulsar medidas eficaces que estimulasen la economía y facilitasen la creación de puestos de trabajo. Mientras tanto, resulta imprescindible tejer una red social sólida que limite el impacto del empobrecimiento en grupos cada vez más amplios y vulnerables. Lamentablemente, no es así. La austeridad impuesta frena la productividad y el crecimiento, la pérdida de confianza en el futuro reduce el consumo y los recortes decretados desmantelan un estado del bienestar, que en España antes del estallido de la crisis estaba aún en proceso de desarrollo, lejos de su consolidación.

El Gobierno del Partido Popular intenta negar esta evidencia con discursos triunfalistas, que responden a un obvio interés electoral, aunque chocan frontalmente con el día a día de millones de personas, que no se ven reflejadas en el país que Mariano Rajoy ha dibujado, o más bien ha soñado, con motivo del debate del Estado de la Nación. Sus mensajes quedan desmontados uno a uno en el último Informe elaborado por Cáritas Europa, con fecha del mes de febrero, en el que se analizan con detalle indicadores de pobreza y privaciones en países miembros de la Unión, entre ellos España. Las conclusiones del estudio no dejan lugar a dudas: la cohesión social se resquebraja y el desafecto en relación con las instituciones aumenta por su incapacidad para garantizar los servicios públicos esenciales y generar empleo.

Se podrá decir más alto, pero nunca más claro. Sin embargo, quienes deben prestar atención a voces autorizadas como Cáritas Europa hacen oídos sordos a sus recomendaciones, que terminan por pasar desapercibidas para la opinión pública, aunque encierren grandes verdades, que han de ser escuchadas y atendidas. El futuro de la Unión Europa sólo se puede construir desde la adhesión de la ciudadanía a un proyecto compartido en que el sientan que sus aspiraciones son respetadas y tomadas en consideración. Evidentemente, no es el caso actual. Nadie quiere formar parte de un grupo o una comunidad que le castiga y le condena a la exclusión. Los responsables de la Unión Europea no pueden ser ajenos a esta situación si pretenden consolidar un proyecto creíble, en el que las personas confíen porque les oferta seguridad. El título del estudio realizado por Cáritas Europa, "Pobreza y desigualdades al alza: La única solución que se necesita son sistemas sociales", evidencia la prioridad de impulsar políticas viables, que prioricen el bienestar y la justicia sobre la austeridad y el poder de la oligarquía empresarial y financiera. Resulta imposible comprender cómo la deuda bancaria se ha transformado en deuda soberana y, en cambio, no hay recursos suficientes para facilitar unos ingresos mínimos a toda la población y hacer frente sin demora al drama humano de los desahucios. Quienes en la Unión Europa toman ahora las decisiones lo hacen siempre con intención y respondiendo a unos objetivos fijados, que no se corresponden con el mandato para el que fueron elegidos. El Papa Francisco le ha recordado a Angela Merkel, quien como Mariano Rajoy y otros muchos lo han olvidado, cuál es la verdadera razón de su trabajo: “Proteger a sus pobres”. Los ricos no lo necesitan.

Oportunidad perdida

Artículo publicado en EL CORREO. Octubre de 2015. Javier Madrazo Lavín

Cuando no encontramos en puertas de una nueva  campaña electoral el panorama en el ámbito de la izquierda alternativa  no puede ser más desalentador. Las elecciones municipales marcaron cuál debe ser el camino a seguir para que la izquierda  transformadora obtenga el respaldo ciudadano y pueda aspirar a ser hegemónica o, al menos, condicionar la acción política.  Para alcanzar este objetivo sólo hay un camino: la unidad. Así se han logrado mayorías de gobierno en ciudades emblemáticas como Madrid o Barcelona, por citar los dos ejemplos más representativos.  

El 20 de diciembre la situación será muy distinta. Los intereses partidistas y el afán de protagonismo han frustrado la ilusión de quienes confiaban en un acuerdo entre todas las sensibilidades de izquierda. Podemos, como fuerza principal en este ámbito, es quien más responsabilidad  tenía a la hora de de pilotar una verdadera unidad popular que representara a una mayoría social, que reivindica un gobierno al servicio de la ciudadanía y no de la troika y los poderes económicos. Lamentablemente, en esta ocasión,  Pablo Iglesias y su organización no han actuado con la generosidad que la situación requería. 

Han pretendido imponer como paraguas común una marca que, a tenor de las encuestas, no está logrando el apoyo que sus dirigentes daban por seguro hace menos de un año.  Podemos enarbola la bandera del cambio y tienen razones para ello, pero no deberían olvidar que en el Estado hay otras sensibilidades de la izquierda que también defienden su espacio y no buscan cobijo bajo las siglas y el programa  de la formación morada. Bien por su apuesta por captar el voto de centro, bien por su estructura  vertical o bien por no reconocer la pluralidad en el campo de la izquierda. Han pasado de querer ganar las elecciones  a conformarse con reemplazar a IU en el campo de la izquierda. 

La historia de la izquierda no ha comenzado hace dos años. Hay una larga tradición de lucha por las libertades y por los derechos democráticos y sociales. En el franquismo y en el período democrático. Son muchas las personas que han dedicado todo su esfuerzo,  en barrios, fábricas o universidades, con gran sacrificio, a conquistar mayores cotas de justicia y bienestar.  En este sentido, resulta inexplicable el maltrato al que ha sometido Podemos a Izquierda Unida, del mismo modo que resulta incomprensible  la sumisión que ha demostrado Alberto Garzón ante una larga cadena de desplantes , desaires y hasta insultos. 

Izquierda Unida ha puesto en marcha Ahora en Común, pensando que al ocultar la referencia explícita a la izquierda iba a ser mejor aceptado por Podemos.  Al final se han rendido a la evidencia. Podemos no les quiere ni les reconoce como interlocutor. Tienen una papeleta difícil porque defienden una Unidad Popular poco creíble, dado que en su seno sólo han quedado el  PCE y voces independientes de carácter testimonial. Se ha eliminado, en un ejercicio de gran sectarismo,   la pluralidad interna que en su día fue una seña de identidad, que llevó a Izquierda Unida, principalmente en la etapa Anguita, a ser una fuerza fundamental en la escena  política. De hecho, en estos momentos hay mucha izquierda fuera de IU.

El anuncio de la ruptura del proceso negociador entre Podemos e Izquierda Unida ha caído como un jarro de agua fría entre quienes confiaban en que el interés social finalmente se impondría. La ciudadanía esperaba que estas organizaciones demostraran capacidad y vocación de acuerdo. España necesita una opción electoral que represente el sentir de una parte importante de la población, que ha recuperado el interés por la política como respuesta a los recortes sociales, la corrupción y los déficits democráticos de un modelo de desarrollo incapaz de garantizar la igualdad y los derechos  básicos de las personas.

Una vez más,  estamos ante una oportunidad perdida, que Partido Popular, PSOE y Ciudadanos rentabilizarán en las urnas y en los pactos posteriores que conformarán mayorías de gobierno de centro derecha, sometidas a los dictados de la Unión Europea, el Banco Central y el Fondo Monetario Internacional. No es mi intención buscar culpables. Se trata, sin duda alguna, de un error colectivo, en el que también hemos fallado quienes no hemos sabido o no hemos podido emplazar con éxito a Podemos,  Izquierda Unida y al resto de las Izquierdas a ratificar un entendimiento en el que creemos firmemente. 

En Euskadi el panorama no es más alentador. A partir del manifiesto impulsado por un grupo de profesores de la UPV parecía albergarse una esperanza de confluencia entre la izquierda independentista y la izquierda federalista. Ha faltado audacia y valentía para superar las inercias de muchos años de distanciamiento.  Afortunadamente la izquierda abertzale empieza a asumir sus límites y a entender que hay gentes de izquierda que no comparten sus postulados. El acercamiento, desde el respeto a las identidades plurales, resulta clave.  Hasta la fecha su única alianza pasaba por incorporarse a sus filas, asumiendo su propio ideario. 

Una alternativa unitaria y plural en el seno de la izquierda vasca  concitaría ilusión y movilizaría adhesiones ciudadanas. En Euskadi, al igual que en otras Comunidades, también es posible superar al establishment,  que representan PNV-PSE-PP.  Estas tres fuerzas se alían para conformar o sostener gobiernos de perfil plano, que priorizan el mantenimiento del poder como única hoja de ruta.  Jamás ofrecen propuestas que puedan poner  en riesgo el status quo dominante, político y económico. La ciudadanía progresista, consciente de esta realidad,  exige una  unidad popular real, con un programa compartido que le permita recuperar su protagonismo y liderar el futuro que desea para los próximos treinta años. 

 

 

 

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